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Velar el Misterio o mostrarlo por el testimonio



    

Por el bautismo y agraciados por la Confirmación, cada cristiano es un testigo de Jesucristo, siendo su vida cristiana cotidiana un modo de mostrarse el mismo Señor a los hombres. 
 
 
De la manera honda y veraz de vivir cristianamente dependerá que los otros nos puedan percibir como un signo claro de Cristo para sus vidas, como una mediación -no un término absoluto ni una meta- para que el encuentro con Cristo se verifique de nuevo, hoy, aquí y ahora. La vida cristiana deviene una mediación de Cristo para los hombres, no para que los demás se detengan en nosotros y nos admiren, para que se aten afectivamente a nosotros, sino para que señalemos con el dedo, como el Bautista, y poder decir: "Éste es el Cordero de Dios".
 
Pero, para eso, la vida debe convertirse en un signo claro de Cristo para todos y no velarlo, ocultarlo, disimularlo o disfrazarlo: pecados, ideologías, corazón duro, o esa actitud vital apagada con la que parece que, en el fondo, no creemos que Cristo esté, nos ame y nos haya redimido y sólo somos personas escrupulosamente cumplidoras de unas obligaciones y cultos religiosos.
 
Signos claros de Cristo, mediaciones de su Presencia para los demás: así hacemos una gran aportación al otro, lo mejor que podemos darle, al mismo tiempo que permitimos que la Iglesia sea un sacramento claro, eficaz para los hombres en lugar de convertirla en piedra de escándalo.
 
¿Cómo es todo esto y adónde nos conduce?
 
 
 
"El interrogante que, desde un punto de vista lógico, nos metería por un camino errado es el siguiente: ¿cómo juzgar a la Iglesia, induciendo mi juicio a partir del comportamiento de los hombres?
 
Cualquier juicio que se haga sobre la Iglesia inducido a partir del comportamiento de los hombres, sean éstos quienes sean, se está emitiendo sobre la base de unas premisas erróneas.
 
La Iglesia dice de sí misma: Yo soy una realidad compuesta de hombres que porta consigo algo excepcional, sobrenatural, que vehicula lo divino, la Divinidad que salva al mundo. Si la Iglesia se define a sí misma de este modo, y así lo ha hecho desde sus comienzos, entonces no se puede juzgar su valor profundo haciendo una lista de los delitos y las carencias de los hombres que forman parte de ella. Al contrario, si en la definición de la Iglesia entra lo humano como vehículo elegido por lo divino para manifestarse, en tal definición entran potencialmente también estos delitos. Esto no significa que deban ser aceptados con resignación. Lo que quiero decir, en este contexto, es que la ignorancia y las faltas no constituyen materia de juicio acerca de la verdad de la Iglesia.
 
Desde el punto de vista de la actitud moral, el deber de la persona frente a los defectos de los hombres de la Iglesia no es retraerse a causa de la propia debilidad (como diciendo: "Si, puede que el cristianismo sea una buena cosa, pero yo no soy capaz"), ni por el escándalo de los demás, sino que consiste en intervenir mediante su esfuerzo para reducir con el empeño más intenso sus propios defectos y para limitar con su sabiduría y bondad los defectos de los demás.
 
Desde la perspectiva de una postura intelectualmente adecuada, tenemos que preguntarnos primero qué es lo que quiere la Iglesia verdaderamente ser, para después verificar si esta pretensión tiene fundamento o no.
 
Por eso, la conocida frase de Nietzsche, con la que él declaraba a sus hipotéticos interlocutores cristianos que estaría más dispuesto a creer en su salvador "si tuvieran más cara de salvados", es ciertamente muy comprensible desde el punto de vista psicológico. Y además debería recordar a los cristianos su deber de dar testimonio. Sin embargo, desde el punto de vista lógico, objetivo y crítico, no respeta el itinerario que exige un juicio fundamentado, y, desde el punto de vista moral, se muestra como una actitud que no se ocupa de afrontar verdaderamente el problema. Y el problema que plantea la Iglesia en el mundo es demasiado serio como para que nos podamos encasillar de antemano en posturas de partida equívocas" (Giussani, L, Por qué la Iglesia, Tomo 2, El signo eficaz de lo divino en la historia, vol. 3, Encuentro, Madrid 1993, pp. 30-31).
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