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Santa Catalina de Siena



    


Yo, Catalina… os escribo con el deseo de veros fundada en la verdadera paciencia, pues creo que sin ella no podemos agradar a Dios. Lo mismo que la impaciencia agrada mucho al demonio y a los sentidos, y no encuentra gozo sino en la ira cuando carece de lo que ellos desean, así, por el contrario, desagrada mucho a Dios. Agrada tanto al demonio, porque la ira y la impaciencia son la médula de la soberbia. Por la impaciencia se pierde el gusto de los trabajos, se priva al alma de Dios, comienza a gustar las primicias del infierno y, después le proporciona la condenación, ya que en el infierno arde la mala y pervertida voluntad junto con la ira, el odio y la impaciencia. Arde y no se consume, sino que siempre está fresca, o sea, no disminuye. Por eso digo que no se consume.

Los impacientes tienen consumida y seca la gracia en su alma, pero su ser no se ha destruido. De aquí que sus sufrimientos duren eternamente. Dicen los santos que los condenados piden la muerte y no la pueden obtener, porque el alma nunca muere. Cierto que por el pecado mueren a la gracia, pero no a la existencia.

No existe vicio ni pecado que en esta vida haga gustar las arras del infierno como la ira y la impaciencia. El impaciente está en odio con Dios, le desagrada el prójimo, no quiere ni sabe tolerar ni sobrellevar sus defectos. Lo que dice o hace le cae inmediatamente como veneno. La ira y la impaciencia se mueven como hoja al viento. Se hace insoportable a sí mismo, porque la pervertida voluntad insiste y apetece siempre lo que no puede conseguir. Se olvida de la voluntad de Dios y de la finalidad de su alma. De la ira  de la impaciencia nace el árbol de la soberbia que hace del hombre un demonio de carne. Frecuentemente  es más difícil combatir a estos demonios visibles que a los invisibles. Con razón debe toda criatura racional huir de la impaciencia.

Tened cuidado, pues hay dos clases de impaciencia. Una es la común, o sea, la de los mundanos en general, nacida del desordenado amor que se tienen a sí y a las cosas temporales, a las que aman prescindiendo de Dios. Para adquirirlas no se cuidan de si pierden el alma y la ponen en manos de los demonios. Esos no tienen remedio a no ser reconociendo que han ofendido a Dios y cortando este árbol con el cuchillo de la verdadera humildad por el alimento de la caridad en el alma.   La caridad es árbol de amor, cuya médula es la paciencia y la benevolencia con el prójimo.

Como la impaciencia manifiesta más que ningún otro vicio que el alma se halla privada de Dios (pues inmediatamente critica por ser nuestra soberbia la médula del árbol), así la paciencia demuestra que Dios habita en el alma por la gracia, mejor que ninguna otra virtud.  Digo la paciencia fundada en el árbol del amor, esto es, cuando por amor a su Creador, desprecia al mundo y ama las injurias, vengan de donde vengan.

Decía que la ira y la impaciencia eran de dos clases, es decir, general y particular. Hemos hablado de la general; ahora hablo de la particular, es decir, de la de quienes ya despreciaron al mundo y quieren ser servidores de Cristo a su modo, a saber, en cuanto que encuentran en Dios deleites y consuelos. Esto ocurre porque no ha muerto en ellos la voluntad propia y espiritual. Por eso piden y reclaman de Dios que les dé consuelos y tribulaciones a su modo y no al modo de Dios. Se vuelven impacientes cuando reciben lo contrario de lo que su voluntad propia espiritual desea. Esto es brote de la soberbia, que de ella se alimenta. Así como en el árbol que hace brotar sus retoños a un lado y como algo separados de él, la sustancia de que se nutren todos la sacan precisamente del mismo árbol, así sucede con la voluntad propia del alma. 

Ella elige servir a Dios a su modo y, en cuanto le falta ese modo, el alma sufre; y de ese sufrimiento se deriva la impaciencia, y no encuentra deleite en servir a Dios y al prójimo. Es más, si alguien se llegara a ella con un consejo y ayuda, no le respondería sino con improperios, y no sabría sobrellevar lo que le es necesario. Todo proviene de la voluntad sensitiva espiritual que se nutre del árbol de la soberbia, árbol cortado, pero no desarraigado. Está cortado, porque ya se ha apartado del mundo su deseo, por haberlo puesto en Dios; pero lo ha hecho de manera imperfecta.

Quedó la raíz y por eso ha colocado el hijo al lado. Así se manifiesta en las cosas del espíritu. Por eso, si le faltan los consuelos de Dios, el espíritu permanece seco, se turba bien pronto y se entristece bajo pretexto de virtud (porque le parece hallarse privada de Dios), se vuelve protestona y opuesta a los designios de Dios. Sin embargo, si realmente fuera humilde, con verdadero odio y conocimiento de sí misma, se juzgará indigna de la visita que Dios hace al alma, y digna de ser privada de consuelos, aunque no de la gracia de Dios. Sufre porque tiene que trabajar con sus propios medios, con el pretexto de no ofenderle.  Esa es voluntad propia sensitiva.

El alma humilde, que voluntariamente ha arrancado la raíz de la soberbia con afectuoso  amor, ha sofocado su voluntad buscando continuamente el honor a Dios y la salvación de las almas. No se cuida de sufrimientos sino que con mayor reverencia soporta al espíritu inquieto que al sosegado. Tiene santo respeto a lo que Dios le da y otorga para su bien, para que se levante de la imperfección. Este es el medio mejor de hacerla llegar, pues, por él conoce mejor sus defectos y la gracia de Dios. A ésta la encuentra dentro de sí misma a causa de la buena voluntad que Dios le ha dado cuando le concede que le desagrade grandemente el pecado mortal.  Es más; considerando que tiene defectos y pecados antiguos y actuales, ha concebido odio a sí misma y amor a la suma y eterna voluntad de Dios. Por eso la acepta con reverencia y está contenta de sufrir interior y exteriormente del modo que Dios se lo conceda. Para que pueda encontrar satisfacción en sí misma y vestirse de la dulzura de la voluntad de Dios, éste hace que descubra gozo en todo y, cuando ve que es privada de algo que ama, de consolaciones de Dios o de las criaturas se alegra más. 

Sucede, a veces, que el alma ama espiritualmente. Al no encontrar satisfacción y consuelo en las criaturas, como desearía, (le parece que Dios ama y da más consuelos a otros que ella)  cae en el tedio espiritual y murmura contra el prójimo, critica el espíritu y la intención de los servidores de Dios y, especialmente, la de aquellos que la hacen sufrir. Por ello se impacienta y piensa y dice con la lengua lo que no debe. En semejantes sufrimientos quiere usar de una necia humildad  (pues de ella tiene la apariencia, como hija de la soberbia) y se dice a sí misma: “no quiero actuar contra ellos ni disgustarme; lo tomaré pacíficamente; no quiero sufrir ni hacerlos sufrir”.  Y se humilla con pervertido desprecio (de las tribulaciones). Se entiende que es desprecio por la interpretación que interiormente hace y por la murmuración de la lengua.  Sin embargo, no debe obrar así, porque de esta manera no arrancará la raíz ni cortará el retoño, porque impide que el ama consiga la perfección iniciada; debe más bien ponerse a la mesa de la santísima cruz y comer este manjar con corazón liberado, con odio santo de sí y con angustiado deseo del honor de Dios y de la salvación de las almas.  Busque adquirir la virtud con sufrimientos y sudores y no con propios consuelos de Dios o de las criaturas, siguiendo las huellas y doctrina de Cristo crucificado. Dígase a sí misma con represión: “Alma mía: tú, que eres miembro, no debes ir por otro camino que el de tu esposo. Es un contrasentido que bajo la cabeza coronada de espinas haya miembros tan hipersensibles”. Si, por propia fragilidad y estratagema del demonio, sobrevinieren los muchos vientos de los vaivenes del corazón, al modo dicho arriba, o de cualquier otro, debe entonces levantarse sobre sí misma, razonar, no dejar de reprenderse y castigarse con odio y aborrecimiento de sí misma. Así arrancará las raíces y, por el aborrecimiento a sí misma echará fuera el que tiene a su prójimo, es decir, doliéndose más de los desordenados sentimientos del corazón y del pensamiento que del sufrimiento recibido de las criaturas, por cualquier injuria o desplante que le hayan dado.

Esta es la práctica usada por los que se hallan plenamente inmersos en Cristo. Por ella se desarraiga la perversa soberbia y la médula de la impaciencia que, como dijimos arriba, agrada mucho al demonio por ser principio y causa de todo pecado. Por el contrario, igual que deleita mucho al demonio, desagrada grandemente a Dios quien se disgusta con la soberbia y se complace en la humildad. Tanto le cautivó esta virtud en María que, por la bondad de Dios, el Verbo, su unigénito Hijo, se vio obligado a darse a ella y la dulce María fue  la que nos lo dio a nosotros.  Hasta que María no manifestó su humildad y voluntad con la palabra diciendo “Ecce ancilla Domini” ,  tened por cierto que el Hijo de Dios no se encarnó en ella. Pero en cuanto la pronunció concibió en sí aquel dulce e inmaculado Cordero, con lo que la dulce y primera Verdad nos manifestó cuán excelente es esta pequeña virtud y cuánto bien recibe el alma que con humildad ofrece y entrega su voluntad al Creador.

Así, pues, en el tiempo de los trabajo y persecuciones, injurias, tormentos y villanías del prójimo, así como en los combates del espíritu y privaciones de los consuelos espirituales, venidos del Creador o de las criaturas hay que recibirlos con dulzura cuando El hace que el espíritu no lo sienta, o si vienen de las criaturas a causa de nuestro trato y diversiones, pareciéndole que el ama clama con humildad: “Señor mío, he aquí a tu sierva; que se haga en mí según tu voluntad y no según yo sensitivamente quiero”.

De este modo exhala el perfume de la paciencia ante su Creador, ante las criaturas y ante sí misma, y experimenta la paz y quietud del espíritu halladas en el combate, por haber alejado de sí la voluntad propia fundada en la soberbia y haber engendrado en su alma la gracia divina. En lo íntimo de su espíritu lleva a Cristo crucificado y se deleita en sus llagas sin buscar otra cosa que a Él. Su lecho es la cruz de Cristo.

En ella ahoga su voluntad y se hace humilde y obediente.
Como no hay obediencia sin humildad, así no se da humildad sin caridad. Esta se encuentra en el Verbo. Por obediencia al Padre corre El a la afrentosa muerte de cruz, clavándose y adhiriéndose con los clavos y lazos de la caridad y sufriendo con tal paciencia que no se oye el grito de su clamor. No eran capaces los clavos de sostener a Dio-hombre sujeto y clavado en la cruz, si el amor no lo hubiese sujetado. Esto digo que lo experimenta el alma, y es la razón de no querer deleitarse sino en Cristo crucificado.  Si le fuese posible adquirir las virtudes, huir del infierno y poseer la vida eterna sin sufrimientos, y tener los consuelos espirituales y temporales, no los querría.  Prefiere el sufrimiento, soportándolo hasta la muerte, conformarse con Cristo crucificado y vestirse de afrentas y padecimientos, antes que alcanzar la vida eterna por medio de otro afecto. Ha encontrado la mesa del Cordero inmaculado.

¡Oh gloriosa virtud! ¿Quién no querría entregarse a la muerte mil veces y soportar cualquier sufrimiento por adquirirla?  Tú eres reina, pues posees el mundo entero; moras en la vida perdurable porque, aun siendo mortal el alma que se viste de ti, la haces morar, a pesar de todo, con los inmortales en razón del afecto del amor. Por tanto ya que esta virtud es tan excelente, agradable a Dios y provechosa a vuestra salvación y a la del prójimo, levantaos, queridísima hija, del suelo de la negligencia y de la ignorancia, echando por tierra la debilidad y fragilidad del corazón, a fin de que no se impaciente por nada que Dios permita; y no caigamos ni en la impaciencia común ni en la particular, sino que valientemente, con libertad de corazón y perfecta y verdadera paciencia, sirváis a nuestro Salvador. Si actuamos de otro modo, perderemos la gracia con la primera impaciencia y, con la segunda, impediremos la perfección y no conseguiréis aquello a que Dios os ha llamado.

Creo que Dios os llama a la gran perfección. Lo veo claro porque El os libera de toda atadura que os lo pudiera impedir. Porque, a lo que entiendo, ha llamado para sí a vuestra hija, que era vuestra última atadura externa. Si bien con gran compasión, estoy muy contenta de que Dios os haya afligido y a ella la haya librado de los trabajos. Quiero, pues, que ahora eliminéis vuestra voluntad propia a fin de que no esté apegada a otra cosa que a Cristo crucificado. Por eso os dije que, no conociendo otro camino para cumplirla, deseaba veros fundada en la verdadera y santa paciencia, ya que sin ella no podremos dirigirnos hacia nuestro fin. No digo más. Permaneced en santo y dulce amor a Dios. Jesús dulce. Jesús amor.

(Carta a la señora Inés, esposa de Micer Orso)
 
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