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San Juan Eudes



    


Oración a Jesús por el Tiempo de Cuarema:
Jesús, santificador de los tiempos, te adoro como el autor del santo tiempo de Cuaresma y como la fuente de la gracia que en él se encierra.

Adoro los designios que en esta Cuaresma tienes sobre la Iglesia, sobre esta comunidad y especialmente sobre mí.

Es tiempo de conversión, de gracia y bendición. Durante él me quieres conceder favores especiales. Haz que no ponga obstáculo a tu acción.

Quiero, Señor, emplear esta Cuaresma como la última de mi vida. Pasaste tu retiro en el desierto, en la soledad, alejado de toda compañía, en silencio perpetuo, en oración continua, en penitencia rigurosa, ayunando, durmiendo en duro lecho, sufriendo muchas privaciones.

Quiero amar, contigo y por tu amor, la soledad, el silencio, la oración y la penitencia. Concédeme que me prive de toda palabra ociosa y ponga mis delicias en encontrarme contigo en la oración, y practicar por tu amor alguna penitencia.

Que yo pase este tiempo y el resto de mi vida en el servicio de mi Dios y de mi prójimo haciendo tu divina voluntad. Amén. (O.C. III, 386)
 
Durante la Cuaresma, te invito a meditar en torno a las siguientes realidades:
· Desde el miércoles de Ceniza hasta el primer domingo de Cuaresma, el bautismo de Jesús en el Jordán y la manifestación que de él hace la voz del Padre: Este es mi Hijo amadísimo en quién tengo mis complacencias, y del Espíritu Santo que baja sobre él en forma de paloma, junto con el testimonio que sobre él da Juan el Bautista.

·  En la primera semana de Cuaresma honramos la vida solitaria de Jesús en el desierto.

·  En la segunda, su vida pública y de trato con los hombres, desde la edad de treinta años hasta su muerte. Sin embargo, como una semana es un tiempo demasiado corto para honrar el estado de la vida pública de Jesús le dedicaremos otro espacio de tiempo después de la fiesta del Santísimo Sacramento.

· En las otras cuatro semanas de Cuaresma honraremos la vida penitente de Jesús.

· En la primera de ellas rendiremos homenaje a las humillaciones interiores y exteriores de la vida de Jesús;

·  En la segunda sus privaciones exteriores e interiores;

·  En la tercera sus sufrimientos corporales y

·  En la cuarta los sufrimientos de su espíritu.
(San Juan Eudes, Vida y Reino de Jesús, III Parte, Devoción a los misterios del Señor).

DEMOS GLORIA A DIOS CON NUESTRA VIDA
Toda nuestra vida está destinada a dar gloria a Jesús
Nuestra vida con sus pertenencias y dependencias pertenece por entero a Jesucristo.

1. Porque él es nuestro Creador. De él recibimos el ser y la vida que llevan impresa la imagen y semejanza de su vida y de su ser. Por eso le pertenecemos en forma total y debemos ajustarnos a él como la imagen a su prototipo.

2. Porque él nos conserva a cada instante en el ser que nos dio, y nos lleva continuamente en su regazo con mayor solicitud y ternura que una madre a su hijo.

3. Porque según la Palabra sagrada su Padre le ha dado desde siempre y por toda la eternidad todas las cosas en general y a cada uno de nosotros en particular.[1]

4. Porque es nuestro Redentor. Él nos ha librado de la esclavitud del demonio y del pecado y nos ha rescatado al precio de su sangre y de su vida. Por eso a él pertenece todo cuanto somos y tenemos: nuestra vida, nuestro tiempo, nuestros pensamientos, palabras y acciones, nuestro cuerpo y nuestra alma, el uso de los sentidos corporales y de las facultades del espíritu, y de las cosas del mundo. Porque no sólo nos adquirió por su sangre la gracia para santificar nuestras almas, sino también cuanto requiere la conservación de nuestros cuerpos. Porque, a causa de nuestros pecados, no tendríamos derecho ni de transitar por el mundo, ni de respirar el aire, ni de comer un trozo de pan o beber una gota de agua, ni de servirnos de criatura alguna, si Jesucristo no nos hubiera dado ese derecho por su sangre y por su muerte. (...)

5. Porque Jesús nos ha dado todo cuanto es y cuanto tiene. Nos ha dado a su Padre para que sea también nuestro Padre, a su Espíritu Santo para que sea nuestro Espíritu y nos enseñe, gobierne y guíe en todas las cosas; a su santa Madre para que sea nuestra Madre; a sus ángeles y santos para que nos protejan e intercedan por nosotros; las criaturas del cielo y de la tierra para nuestro servicio.

Nos ha dado, además, su propia persona en la Encarnación. Todos los instantes de su vida los empleó por nosotros; sus pensamientos, palabras y acciones y los pasos que dio estuvieron consagrados a nuestra salvación. En la Eucaristía nos ha dado su cuerpo y su sangre, con su alma y su divinidad, con todas sus maravillas y tesoros infinitos; y esto cada día y cuantas veces nos disponemos a recibirlo.

De ahí nuestra obligación de darnos enteramente a él, de ofrecerle y consagrarle todas las actividades y ejercicios de nuestra vida. Si fueran nuestras todas las vidas de los ángeles y de los hombres de todos los tiempos, deberíamos consumirlas en su servicio. Aunque sólo hubiera empleado por nosotros un instante de su vida, él vale más que mil eternidades, si así se puede hablar, de las vidas de todos los ángeles y seres humanos. Con mayor razón debemos consagrar a su gloria y a su servicio el poco de vida y de tiempo que pasamos sobre la tierra.

Con ese fin, lo primero y principal que debes hacer es conservarte en su gracia y amistad. Huirás del pecado, que puede hacértela perder, más que de la muerte y de los más terribles males del mundo. Si, por desgracia, caes en algún pecado, levántate cuanto antes mediante la confesión. Porque como las ramas, las hojas, flores y frutos pertenecen al dueño del tronco del árbol, así mientras pertenezcas a Jesucristo y estés por la gracia unido a él, toda tu vida, con sus dependencias, y todas tus buenas acciones, a él pertenecen.
 
Hacer de nuestra vida un ejercicio de alabanza y de amor a Jesús
1. Antes de salir de casa y de realizar cualquier otra acción, ponte de rodillas y dedica al menos medio cuarto de hora a quien te dio su vida entera. Adóralo, dale gracias, ofrécete a él y conságrale todas tus acciones del día a su gloria. Por los libros de santa Gertrudis sabemos que el Señor le aseguró que aceptaba complacido el ofrecimiento, de las acciones más mínimas, como las respiraciones y las palpitaciones del corazón[2]. En virtud de esta ofrenda, todos tus pasos, el uso de tus sentidos exteriores e interiores y todos tus actos redundarán en su gloria. Pero cuando te exhorto a postrarte para adorar, dar gracias y entregarte a Jesucristo, no pretendo que te límites a la persona del Hijo, sino que incluyas a la santísima Trinidad. Lo cual se realiza necesariamente aunque no se explicite. Porque Jesucristo es una sola realidad con el Padre y el Espíritu Santo, y toda la santísima Trinidad, la plenitud de la divinidad, como dice san Pablo,[3] habita en él. De ahí que cuando adoramos y glorificamos a Jesús, damos los mismos homenajes al Padre y al Espíritu Santo.

2. Ofrece a Jesús el honor y la gloria que se le tributarán en ese día, en el cielo y en la tierra, y únete a las alabanzas que recibirá de su Padre eterno, de sí mismo, de su Espíritu Santo, de su santa Madre, de los ángeles y santos y de todas las criaturas.

3. Ruega a los ángeles y a los santos, a la santa Virgen, al Espíritu Santo y al Padre eterno que en ese día glorifiquen y amen a Jesús por ti. Esta es la petición que más les place, la que escuchan y conducen con mayor agrado. Así tendrás parte especial en el amor y la gloria que Jesús recibe continuamente de las divinas personas y él aceptará esos homenajes como si procedieran de ti, porque ellos se los tributan a petición tuya.

Si eres fiel a esas tres prácticas, resultará que cada mañana, cada día y toda tu vida en su conjunto, serán un continuo ejercicio de amor y de gloria a Jesús (...).

Conviene, además, que cada mañana aceptes, por amor a nuestro Señor, las molestias que te sucederán durante el día. Renuncia también a las tentaciones del espíritu maligno, a todo sentimiento de amor propio y demás pasiones. Estos dos actos tienen importancia, porque durante el día ocurren, de paso, mil detalles enojosos que no se ofrecen a Dios y muchas tentaciones de amor propio que se deslizan insensiblemente en nuestras acciones.

Mediante esos dos actos Dios será glorificado en todas tus penas corporales y espirituales y recibirás fuerza para resistir a las tentaciones y para destruir las consecuencias del amor propio y de los demás vicios. Para ello podrás servirte de la siguiente elevación.

Oremos para santificar nuestras acciones:
Dios mío, Creador y soberano Señor mío, si te pertenezco por infinidad de títulos, también debe ser tuyo cuanto procede de mí. Me has creado para ti: por lo tanto, me ofrezco a mí mismo y a todas mis acciones que no tendrían valor alguno si no las refiero a ti (...).

Y para que sean más de tu agrado las uno a las de Jesucristo, nuestro Señor, a las de la santa Virgen María, su Madre, a las de los espíritus bienaventurados y de los justos de todos los tiempos, los del cielo y los de la tierra.

Te consagro todos mis pasos, palabras, miradas, cada movimiento de mi cuerpo y cada pensamiento de mi espíritu, con la intención de darte por ellos gloria infinita y de amarte con amor sin límites.

Te ofrezco también las acciones de las demás criaturas: la perfección de todos los ángeles, las virtudes de los patriarcas, de los profetas y de los apóstoles, los sufrimientos de los mártires, las penitencias de los confesores, la pureza de las vírgenes, la santidad de todos los bienaventurados. Y finalmente te ofrezco a ti mismo. No lo hago para alcanzar nada de ti, ni siquiera el paraíso, sino para agradarte cada día más y darte mayor gloria.

Quiero, además, ofrecerte desde ahora, en estado de libertad, los actos de amor y de las demás virtudes con que te mostraré necesariamente mi amor en la dichosa eternidad, como lo espero de tu bondad.

Quiero igualmente en todas mis acciones, no sólo ajustar mi voluntad a la tuya sino hacer únicamente lo que más te agrada, para que sea tu voluntad y no la mía la que se cumpla en todas las cosas. Quiero decirte siempre con los labios y de corazón y en todos los actos de mi vida: "Señor, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo".

Concédeme, Señor, esta gracia, para poder amarte con mayor fervor, servirte con mayor perfección y buscar únicamente tu gloria. Que yo me transforme de tal manera en ti que solo viva para ti y en ti y que agradarte sea mi paraíso, en el tiempo y en la eternidad.

(San Juan Eudes, Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas).

[1] Sal. 2, 7-8; Lc. 10, 22; Jn 13, 3.

[2] Legatus divinae pietatis, Lib. IV. Cap. II, 13

[3] Col 2, 9
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