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Opinión

Un milagro de San José



    

Aquello me confirmaba el dicho de Santa Teresa con que empezaba la oración: "A otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; el glorioso San José tengo experiencia que socorre en todas. Sólo pido por amor a Dios que lo pruebe quien no me creyere".

Que yo recuerde, mi devoción al Santo Patriarca empezó siendo ya seminarista. Me hice miembro de la Pía Unión del Tránsito de San José y adornaba con flores una imagen suya muy devota que había en un pasillo del seminario de Toledo donde estudiaba. En el curso 1981/82, como era sacristán, convencí al rector, don Estanislao Calvo, operario diocesano, para que celebrara algún miércoles la misa votiva del Santo.
 
Pero fue el año 1992, cuando estudiaba el primero de los dos cursos que pasé en el Colegio Español de San José de Roma, cuando una persona amiga me dio una oración de treinta días a San José que a ella le habían dado las Carmelitas Descalzas del Carmelo de San José de Talavera de la Reina (fundado en 1595, pocos años después de la muerte de Santa Teresa de Jesús).
 
Como ese año de 1992 se celebraba el primer centenario de la fundación del Colegio Español de San José por el beato Manuel Domingo y Sol, fundador de los Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús (que había sido beatificado en 1987 por San Juan Pablo II), decidí hacer la oración a lo largo del mes de marzo.
 
El sábado 28 de marzo por la tarde, San Juan Pablo II visitó el Colegio con motivo del Centenario y, después de una oración de acción de gracias en la capilla ante un mosaico del Santo Patriarca, se quedó a cenar con nosotros en el comedor. Al acabar la cena, los sacerdotes alumnos del Colegio pudimos cantarle algunas canciones y yo, en concreto, dos que había hecho años atrás, una de ellas con ocasión del atentado en la Plaza de San Pedro del 13 de mayo de 1981 (Vestido blanco manchado de sangre). Aquello ya me pareció un milagro de San José. Pero el martes 31, cuando había terminado los treinta días de oración al Santo, fui a recoger a un sacerdote amigo al aeropuerto de Fiumicino con mi coche y me habló de un accidente de un avión de Aviaco que había tenido lugar el día anterior, lunes 30, al aterrizar en el aeropuerto de Granada. El avión se había partido en dos al rebotar en la pista por el viento, y no pasó nada. De los 98 ocupantes, sólo hubo un herido grave que acabó recuperándose. El queroseno no se incendió a pesar de las chispas de los cables rotos y del rozamiento del fuselaje al deslizarse sobre la pista.
 
En aquel momento pensé que había sido el avión de mi hermano, piloto de Aviaco, aunque no tuviera certeza ninguna de ello. Dos días después me llamó mi madre por teléfono al colegio para decirme que teníamos que dar gracias a Dios porque Jaime había tenido un accidente de avión y no había muerto nadie. Inmediatamente supe que había sido San José, no podía dudarlo.
 
Hace unos meses, a mediados de septiembre de 2016, zapeando en la televisión, fui a dar con el programa de El hormiguero en Antena 3 y cuál no fue mi sorpresa al ver al avión de mi hermano en dicho programa, presentado como “el avión milagro”. Resulta que una diseñadora industrial y un escultor habían rescatado, años atrás, el fuselaje del avión de un desgüace y, vaciándolo y soldando el cuerpo central del mismo, sin alas ni cola, lo habían empezado a pasear por Europa, sobre ruedas y arrastrado por un camión. Así había visitado la feria Arco en 2005 y la Olimpiada Cultural de Gales en 2012, entre otros destinos, siendo siempre presentado como “el avión milagro”.
 
Buscando en internet, supe que el avión DC-9/32, matrícula EC-BYH, había sido comprado por Iberia en la primavera de 1972 y, después de unos pocos vuelos comerciales, había servido para los viajes de los entonces Príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, siendo destinado a Aviaco (Aviación Comercial, empresa bilbaína, que le cambió el nombre de Ciudad de Cádiz por el de Castillo de Butrón) en 1979.
 
Recuerdo que mandé un whatssap a mi hermano para decirle con sorpresa que el avión de su accidente seguía viajando por el mundo con el apodo de “avión milagro”. Yo ya le había dicho en 1992 que estaba seguro de que el “culpable” de que todos hubieran salido vivos de aquel accidente en Granada era San José, y aquella oración que había empezado a rezar treinta días antes, el primero de aquel mes. No podía dudarlo. Aquello me confirmaba el dicho de Santa Teresa con que empezaba la oración:
 
“A otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; el glorioso San José tengo experiencia que socorre en todas. Sólo pido por amor a Dios que lo pruebe quien no me creyere y verá, por experiencia, cuán gran bien es recomendarse a ese glorioso Patriarca y tenerle devoción”.
 
Por eso, en la fiesta del Santo, cuando se van a cumplir 25 años del “avión milagro” de Granada, escribo estas líneas para dar la razón a la Santa Doctora y agradecer yo también al Patriarca de la Iglesia sus bondades, animando al mismo tiempo al que esto lea a hacer la prueba: verá cómo los resultados superan con mucho las expectativas más optimistas.

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