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«Espíritu Santo»: poder e intimidad de Dios



    

La emoción al contemplar una noche de verano, recostados, en una playa, o junto a un arroyo, el cielo estrellado, o la vista que se descubre al alcanzar la cima de un cerro, luego de acomodarnos, sin premuras, sobre la superficie de unas rocas acogedoras, desde las que se ensancha e ilumina una tarde hacia los cuatro costados. La emoción que se prolonga en fotografías espectaculares que nos muestran pedacitos inciertos de universos que tejen artísticas figuras de estrellas y astros y rayos luminosos de tonalidades, destellos y colores asombrosos, que insinúan ser meros pasajes y antesalas de otros tantos abismos siderales que se multiplican, viajan y expanden, y permanecen escondidos e insondables. ¿Cómo llamar a este inmenso espacio que se difunde entre nosotros y se pierde en infinitudes remotas?

Es natural que una palabra que designa una determinada experiencia física o material, nos ayude, en un segundo momento, a descubrir y nombrar, ahora de modo figurado, niveles de realidad más profundos, ya no materiales, sino morales y, más hondos aun, espirituales, es decir, realidades invisibles. Es así que la constatación vivencial de vivir en un entorno atmosférico deriva en una segunda constatación: vivimos, cada uno de nosotros, también en un espacio vital, en un mundo de vínculos, de afectos, de historias y expectativas… El hombre de la Biblia usó la misma palabra hebrea para designar estos dos espacios, el más inmediato, material y meteorológico del «aire», y ese otro igualmente real, pero invisible y vivencial. Y esa palabra fue la «rúaj». Así, femenino.

Pero luego el término siguió evolucionando en la lengua del hombre bíblico, aunque íntimamente vinculado a los sentidos anteriores. La rúaj comenzó a nombrar el viento, el aire, sí, pero ese que irrumpe de improviso, impetuosamente, y que viene a manifestar la majestad y poderío del inmenso espacio sideral que de algún modo secreto recorre y conoce, y de donde procede misteriosamente también. Dios se hace presente en nuestras vidas y en el mundo de una manera semejante a la del viento: con fuerza extraordinaria, libertad incontenible y origen misterioso. ¡Dios es como la rúaj!

Finalmente, el pueblo de Dios comienza a hablar de «la rúaj de Dios», palabra que se traduce a nuestra lengua como «espíritu». Solo el contexto permite entender si rúaj se refiere al clima o a la vida de Dios. Y la Escritura juega con esta ambivalencia: «El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu», dice Jesús a Nicodemo (Jn 3, 8), quien progresivamente va revelando que no estamos solamente ante la fuerza y presencia de Dios, sino ante una persona divina, ante la Rúaj o el Espíritu, con mayúscula. Una segunda palabra completa el nombre propio —y compuesto— de la tercera persona de la Trinidad: Espíritu Santo.

Pero a las anteriores acepciones de rúaj, todas vinculadas al «aire» (el espacio, el ambiente vital, el viento), se sumó una cuarta versión: el soplo, el aliento, la respiración. Es aire en movimiento, como el viento, pero ya no impetuoso, sino discreto, interior, humilde y personal. Hay que entrar en el silencio para reparar en su presencia no ostensible, pero decisiva: quien no respira, se muere.
 
La Rúaj, el Espíritu Santo, será también esta presencia secreta, cercana, reposada y delicada de Dios. Después de inclinar la cabeza en la cruz —dice el evangelio de Juan (19, 30)—, Jesús «entregó su espíritu», con lo cual el término está usado en ambos sentidos simultáneamente: murió y entregó el Espíritu Santo. Ya resucitado, al atardecer del día de Pascua, se apareció a los discípulos y «sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22).

Vemos cómo el viento y el soplo vital no son solo símbolos del Espíritu Santo, sino que aluden a su realidad misma, significada en su nombre. Parecen polos opuestos y contrarios, ¿pero no abarcan así lo infinito de un Dios simple que, sin embargo, no podemos percibir sino de un modo u otro desde nuestra pequeñez? ¿No expresa también que el poder de Dios puede hacerse pequeño y darse personalmente, para transformarse en nuestra fuerza, que allí donde fracasamos él puede vencer, pues «el mismo Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad?» (Rm 8, 26).

Podemos sentir la voz de Dios que nos pregunta: ¿recurres al Espíritu Santo, poder formidable de Dios para vencer tus miedos, problemas y preocupaciones? ¿No será más ligera la vida bajo el fuerte soplo del Espíritu, y dejarse llevar, como las aves, que se trasladan sin grandes esfuerzos aprovechando el viento a su favor? En nuestro bautismo Jesús hizo entrar en nosotros aquel soplo entregado en la cruz, para que nos sintiéramos como en casa, en familia, sin el miedo que sienten los extraños en presencia de Dios, para que tuviéramos «acceso al Padre, en un mismo Espíritu», y fuéramos «morada de Dios», un lugar donde él también se sintiera a gusto (cf. Ef 2, 19-22), como un amigo que busca ayudarnos y acercarnos al Señor, como quien crea «la intimidad con Dios» (san Basilio Magno).

¡Cuántas veces sentimos extrañeza y frialdad! Pero Jesús dijo: «Nadie va al Padre, sino por mí» (Jn 14, 6). ¡Y cuántas veces Jesús es también alguien admirable, imitable, fuente de enseñanzas y valores… pero a quien, en los hechos, sentimos distante, ajeno a nuestros verdaderos problemas y circunstancias. La Escritura y la experiencia nos enseñan que, sin el Espíritu, no lo conocemos: «Nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor!” sino por influjo del Espíritu Santo» (1 Co 12, 3), de quien tomamos conciencia en último lugar, y tal vez desconocemos y no tratamos, pero, no obstante, es en él donde encontramos a Jesús, quien, por su parte, nos conduce a Dios Padre.
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