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San Juan Eudes



    


Ejercicios del amor divino a Jesús (I parte)

[San Juan Eudes propone 34 ejercicios de amor a Jesús, en honor a los 34 años de su vida: uno correspondiente al tiempo en que estuvo en las entrañas de María y 33 de su vida privada y pública. En esta primera parte proponemos los 17 primeros ejercicios].


Entre los deberes y ejercicios de un verdadero cristiano, el más noble y santo, el que Dios pide ante todo de nosotros, es el ejercicio del divino amor. Por eso al hacer tus ejercicios de piedad y demás acciones, debesdeclarar a nuestro Señor  que no quieres realizarlos por temor al infierno, ni por los premios del paraíso, ni para hacer méritos, ni buscando tu satisfacción y consuelo, sino para agradarle a él únicamente por su gloria y su puro amor.
Y como a menudo debes ejercitarte en las consideraciones y actos de ese divino amor, te propongo aquí treinta y cuatro ejercicios en honor de los treinta y cuatro años de la vida llena de amor de Jesús en la tierra. Puedes servirte de ellos en todo tiempo, pero especialmente en el día del retiro
mensual o en otro momento especialmente escogido para dedicarte con plena conciencia a esa divina ocupación. Es la más santa y digna ocupación de los ángeles y de los santos y de Dios mismo que en ella emplea los espacios infinitos de la eternidad.

1. ¡Jesús, Señor mío! Me basta saber que eres infinitamente digno de amor. ¿Para qué necesitaría más ciencia, luces y consideraciones? Para mí es suficiente saber que Jesús es todo digno de amor y que nada hay en él que no merezca amor infinito. Que mi espíritu se contente con ese
conocimiento, pero que mi corazón nunca se sacie de amar al que jamás será suficientemente amado.

2. Sé muy bien, Salvador mío, que mi mezquino e imperfecto corazón no es digno de amarte. Pero tú sí eres digno de ser amado y has creado este pobre corazón sólo para que te ame. Más aún, le ordenas, bajo pena de muerte eterna, que te ame. Pero no es necesario, Dios de mi corazón, que me lo mandes, porque eso es precisamente lo que quiero, lo que busco, y por ello suspira mi corazón. Deseo ardientemente
amarte y no quiero tener otro anhelo. Lejos de mí tener otro
pensamiento, otra inclinación, otro querer. Una sola cosa quiero: amar a Jesús, que es el amor y las delicias del cielo y de la tierra.

3. Ciertamente quiero amarte, Jesús, pero no sólo con todo el poder de mi voluntad, débil en demasía, sino con las infinitas fuerzas de tu voluntad divina, que es también mía, pues te has dado todo a mí.
Quiero amarte también con las voluntades de todos los hombres y de los ángeles, las cuales también me pertenecen, ya que al darte tú a mí, me lo has dado todo. Quiera Dios que me convierta en deseo, en suspiro, en querer y en ansia vehemente para amarte cada día más.

4. Escucha mi súplica, tú, el deseado de mi alma: oye los suspiros de mi corazón y apiádate de mí. Bien sabes, Señor, lo que quiero pedirte, ¡pues te lo he manifestado tantas veces! Sólo te pido la perfección en tu santo amor. Ya nada quiero sino amarte y crecer siempre en ese deseo que tú me has dado de amarte: pero que sea tan férvido y poderoso que en adelante viva languideciendo por el deseo de tu amor.

5. Enciende en mí, Jesús amabilísimo, tan ardiente sed y hambre tan extrema de tu santo amor, que considere un martirio permanente no amarte lo suficiente, y que nada me apesadumbre tanto en este mundo como el amarte demasiado poco.

6. ¿Quién no querría amarte, buen Jesús? ¿Quién no desearía amar cada día más una bondad tan digna de amor? Dios mío, mi vida y mi todo: nunca me cansaré de decirte que deseo amarte de la manera más perfecta y tanto lo deseo que, si fuera posible, querría para ello que mi
espíritu se convirtiera en anhelo, mi alma en deseo, mi corazón en suspiro y mi vida en ansia vehemente.

7. Rey de mi corazón, apiádate de mi miseria. Tú sabes que quiero amarte, pero estás viendo cuántas cosas en mí se oponen a tu amor. La multitud de mis pecados, mi propia voluntad, mi amor propio, mi orgullo y demás vicios e imperfecciones me impiden amarte perfectamente. ¡Detesto todas esas cosas que obstaculizan mi deseo de amarte! Estoy listo para hacerlo y sufrirlo todo para aniquilarlas. Si yo
pudiera, Señor, y se me permitiera reducirme en añicos y en polvo y ceniza y aniquilarme totalmente para destruir en mí todo cuanto es contrario a tu amor, gustoso lo haría, mediante tu gracia. Pero necesito que tú intervengas,
Salvador mío. Emplea el poder de tu brazo para exterminar en mí a los enemigos de tu amor.

8. Nada hay en ti, Jesús, que no sea todo amor, y todo amor por mí. También yo debería ser todo amor por ti. Pero nada hay en mí, como mío, en mi cuerpo y en mi espíritu que no esté en contra de tu amor.
¿Qué puedo hacer para soportarme? ¿Dónde estás tú, amor divino?
¿Dónde tu poder? ¿Dónde la fuerza de tu brazo? Si tú eres fuego devorador, ¿dónde están tus celestes llamas? ¿Por qué no me consumes, si todo lo que hay en mí es tan contrario a ti? ¿Por qué no aniquilas totalmente en mí esta vida maligna y pecadora y estableces la tuya santa y divina?

9. Me entrego a ti, amor irresistible, y me abandono enteramente a tu poder, ven, ven a mí y destruye cuanto te desagrada; establece plenamente tu celestial dominio. Si para ello es requisito el sufrimiento, me entrego a ti para sufrir todos los martirios y tormentos más inauditos. ¡Amor, no me exoneres! Con tal de verme libre de cuanto
desagrada a mi Salvador y me impide amarte, nada me importa. Porque al fin y al cabo lo que quiero es amar a mi Jesús y amarte perfectamente, a cualquier precio y a expensas de lo que sea.

10. ¡Dios de mi amor! Tú eres todo amable, todo amante, todo amor y todo amor por mí. Que también yo sea todo amor por ti. Que el cielo se convierta en una pura llama de amor por ti.

11. ¿Quién podrá impedirme que te ame, dulce amor mío, después de conocer tu inmensa bondad? ¿Acaso mi cuerpo? Antes lo reduciría a polvo. ¿Acaso mis pecados pasados? Los sumerjo todos en el océano de tu sangre preciosa. Toma mi cuerpo y mi alma: hazme sufrir lo que te plazca para borrarles enteramente, para que no me impidan amarte.
¿Será entonces el mundo? ¿O las criaturas? ¡Pero no! Renuncio con todas mis fuerzas a todo apego sensible a cosas creadas. Consagro mi corazón y mis afectos a Jesús, mi Creador y mi Dios.
A ti, mundo, Jesús te ha excomulgado. Él dice, en efecto, que no es del mundo, ni tampoco los suyos y que no ruega por el mundo. ¡Mundo, renuncio a ti para siempre, quiero huir de ti como de un excomulgado; quiero mirarte como a un Anticristo, enemigo de mi Señor Jesucristo; no quiero saber nada de tus elogios, ni de tus reproches, ni de tus placeres y vanidades, ni de lo que tú aprecies y prefieres. Porque todo
eso es sueño como humo efímero. Quiero sentir horror por tu espíritu, tu conducta, tus sentimientos y tus máximas reprobables. Y, finalmente,quiero odiar y perseguir tu malicia como tú odias y persigues la bondad de mi Señor Jesucristo. Así que, mundo, ¡adiós! Adiós todo lo que no es Dios.
En adelante Jesús será mi mundo, mi gloria, mi tesoro, mis delicias y mi todo. No quiero ver nada sino a Jesús. Ciérrense a lo demás, ojos míos, 
porque sólo él merece tus miradas. No me importa agradar sino a Jesús y no quiero corazón ni afecto sino para él. Quiero alegrarme en su amor y en el cumplimiento de su voluntad; no quiero sentir tristeza sino de lo que a él le ofende y de lo que se opone a su divino amor.
¡Amor, amor! O amar o morir, o, más bien, morir y amar. Morir a todo lo que no es Jesús, amar únicamente, por encima de todo, al mismo Jesús.

12. Tú, soberano de mis amores, me has colocado en el mundo sólo para que te ame. ¡Qué noble, santo y excelso es el fin para el que fui creado! ¡Qué gracia y qué dignidad la tuya, pobre corazón mío! pues te crearon para el mismo fin que tiene el Dios que te ha creado, para ocuparte en su mismo ejercicio divino. Porque el gran Dios sólo existe
para contemplarse y amarse a sí mismo, y tú has sido hecho sólo para amar a ese Dios y para ocuparte eternamente en bendecirlo y amarlo.
Sea por siempre bendito y amado el Rey de los corazones que me ha dado un corazón capaz de amarlo. Dios de mi corazón: si me has creado sólo para amarte haz que yo sólo viva para amarte y para crecer cada día en tu amor. O amar o morir. Que no tenga vida, Dios mío sino para amarte. Prefiero sufrir mil muertes a perder tu amor.

13. Sé tú, divino amor, la vida de mi vida, el alma de mi alma y el corazón de mi corazón. Que ya no viva sino en ti y de ti. Que no subsista sino por ti. Que ya no tenga pensamiento, ni diga palabra, ni realice acciones sino por ti y para ti.

14. Tú eres el objeto exclusivo de mi corazón, el único digno de ser anhelado. Todo, fuera de ti, es nada, que ni siquiera merece mis miradas. Sólo a ti quiero, sólo a ti busco, sólo a ti deseo amar. Tú eres mi todo, lo demás es nada para mí y nada quiero ya mirar ni amar sino en ti y para ti. O más bien, sólo quiero mirarte y amarte a ti en todas las
cosas.

15. Jesús que eres el único amable, el único amante y el único a quien ama tu Padre eterno y todos los amantes celestiales, haz que yo no sólo te ame a ti soberanamente, sobre las cosas, sino que en todas ellas sólo te ame a ti, y si algo amo que sea en ti y para ti.

16. ¡Jesús, único amor de mi corazón, objeto único de todos mis amores! Sólo tú eres digno de amor en el cielo y en la tierra ¿Cuándo será que sólo te miraremos y amaremos a ti?

17. Jesús, único amor mío, sepárame enteramente de mí mismo y de todas las cosas; llévame en pos de ti,
arrebátame en ti, poséeme en forma tan plena y absoluta que nada fuera de ti ocupe mi espíritu y mi corazón.
(San Juan Eudes, Vida y Reino de Jesús, IV parte)
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