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Isaías 55, 10-11; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

«Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno»
«Sólo sé que la semilla no cambia lo esencial de mi vida. Mi tierra sigue siendo la misma. La semilla da vida a algo que no estaba antes en la tierra. Algo que sin mi tierra no tendría vida»
 
¡Cuántas veces en mi vida he sentido que Jesús me deja solo! ¡Cuántas veces he dudado de Él en medio de mis silencios, de sus silencios! Puede que haya quedado herido en medio de las luchas y por eso desconfío. Alguien, el mundo, yo mismo, un día hirió mi alma. Me hirieron, y sangra mi herida tantas veces al mirar mi pasado. Tal vez no recuerde cuándo, ni dónde. Pero queda le herida. Puede que no confiaran en mí tanto como yo deseaba. Puede que me dejaran solo, de lado, cuando yo sólo quería ser aceptado, querido, reconocido. No lo sé. Necesitaba pertenecer a alguien, a algún lugar. Y alguien me hirió y perdí la confianza. Siempre hay heridas en el corazón que sangran con el paso del tiempo. Se abren de nuevo ante nuevos fracasos y desencuentros. Y la fe se debilita. Y así, herido, acabo desconfiando de los hombres. Y no sé cómo sucede pero también desconfío de Dios. No miro ya con la inocencia de los niños. Con esos ojos llenos de sorpresa. No sé cuándo fue el momento en que dejé de ser niño. No importa tanto hacer memoria. Sólo constato lo lejos que estoy del cielo. Y lo cerca que estoy de la tierra. No sé abandonarme confiado en los brazos de Dios. Me da miedo. Creo que no puedo tener tanta fe en su poder, en su mirada de padre, en sus brazos fuertes y seguros. Estoy herido y no me lo creo. Dudo de su incondicionalidad cuando yo fallo. Dudo de su gratuidad, de ese amor suyo a cambio de nada. Dudo de su ternura, que se conmueve con mi llanto. Dudo que me siga queriendo sabiendo cómo soy y lo que hago. Dudo incluso de su presencia salvadora en medio de mis días, de su fidelidad a la alianza que sellamos juntos. Dudo que me siga amando después de haber caído yo tantas veces. Detesto tanto mis caídas. ¿Cómo puede Él quererlas? Dudo de que me quiera como soy, tal como yo me veo, sumido en esa debilidad mía que Él tan bien conoce y que yo escondo torpemente. Dudo de lo que antes creía con mucha seguridad, cuando aún la vida no me había probado, cuando era niño. El paso del tiempo ha debilitado mis muros, mis defensas, mis armas. Ha socavado la firmeza de mi vida. De esa seguridad mía a prueba de golpes. ¿De qué dudo yo ahora? Dudo y me asusto. Dice una poesía de Rilke: «Sé paciente con todo lo que aún no está resuelto en tu corazón. Trata de amar tus propias dudas. No busques las respuestas que no se pueden dar, porque no serías capaz de soportarlas. Lo importante es vivirlo todo. Vive ahora las preguntas. Tal vez así, poco a poco, sin darte cuenta, puedas algún día vivir las respuestas». Quiero encontrar siempre respuestas. Para las preguntas que me hacen. Para las que yo mismo me hago. Es una tendencia algo enfermiza del corazón humano. Deseo vivir con certezas y seguridades. Y las dudas me hacen temblar. Pero sé que tengo que aprender a vivir las preguntas y las dudas. Aprender a vivir con incertidumbres. No me da tanto miedo. El otro día leía: « ¿En qué consiste este lado oscuro del hombre? Se nos manifiesta en forma de sentimientos negativos crónicos, tales como insatisfacción, inseguridad, desilusión, estrés, sentimiento de inferioridad, culpa, indiferencia, celos, autocompasión y muchos otros. La mayoría de las personas atribuyen estos sentimientos a circunstancias exteriores y no se dan cuenta de que los aspectos oscuros provienen de dentro. Las circunstancias más que causa son desencadenantes de los mismos»[1]. Llevo en mi interior ese lado oscuro en el que quiero que entre la luz. Necesito que venga Dios a iluminar mis miedos y mis dudas. Mis angustias y sentimientos negativos. La imagen falsa que tengo de mí mismo. Deseo que venza la luz en mi alma. Que la semilla de la esperanza dé su fruto en medio de mis dudas. Quiero que la paz venza la ira. Y los miedos palidezcan al tocar el amor de Dios. Sueño con un descanso que aún no alcanzo. Quiero que mi lado oscuro desaparezca para siempre. Deseo saber caminar en medio de mis debilidades y dolores. Seguro en mis inseguridades y con paz en medio de mis guerras. Las palabras que escucho me dan esperanza: «Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios». La creación entera será liberada. Yo, en mi pequeñez, seré libre. Seré salvado como hijo de Dios, hijo de la luz. Esa esperanza me despierta.

Me gusta pensar que siembro para la vida eterna. Que estoy sólo de paso por esta tierra. Sé que sigo los pasos de Jesús, como rezaba una persona: «Señor, tantas veces he querido seguirte. Tantas veces he sentido esa llamada tan profunda que solo se entiende en el corazón. Tantas veces adoro la llaga de tu costado más de palabra que con mi vida. Tantas veces me he sentido y sigo sintiéndome regalada por tu presencia que cuando caigo en la más mínima critica o juicio, me parece despreciar tu regalo, y me duele». Sigo sus pasos y no soy capaz de ser fiel muchas veces. Y la eternidad se me figura como ese hogar último hacia el que camino tambaleándome. Decía el P. Kentenich: «El fin último no está en este mundo, está en el mundo del más allá, en el mundo sobrenatural. Si sabemos y estamos compenetrados de que nuestro hogar definitivo está en el mundo del más allá, y si percibimos que todo lo que Dios hace nos debe ayudar a alcanzar nuestro lugar en ese mundo, entonces sabemos también que cada uno tiene una meta original en ese mundo sobrenatural. Debemos movernos en el mundo sobrenatural, en torno a Dios, de modo original, cada uno según su modo de ser. Y aquí está propiamente la clave: Dios nos ha creado con todas nuestras características originales para que, tarde o temprano, complementados unos con otros logremos esa meta última y original. Él conoce nuestras capacidades de reacción. Y si es un Dios sabio, tenemos por más o menos evidente que Él usará todos los medios de que dispone para que no se nos escape esta meta, para que la podamos alcanzar»[2]. Dios me ha creado como un ser original y único. Ha sembrado en mí una semilla de eternidad. Me ha regalado un color, una forma, un aspecto. Ha dibujado la huella de mis pasos. Ha compuesto el tono de mi voz. Ha imaginado la anchura de mi alma. Ha confeccionado el tejido de mi corazón. Me ha hecho del barro y me ha dado la vida. Y me ha pedido que la cuide desde lo que soy. Desde mi pobreza manifiesta. Desde mi mediocridad y mi anhelo. Desde mis frustraciones y conquistas. Lo que soy. Sin compararme con los otros. Sin pretender ser el mejor. Sin soñar con lo que no tengo, con lo que no logro. Estoy sólo de paso por estas piedras. Sobre las que derramo a veces tantas lágrimas de angustia. Pero no es este el sentido de mis días. Vivo para dar esperanza. Para enamorarme de lo bello. Para evitar el mal de mi alma. Para acabar con mis pensamientos negativos. Para rehuir el desánimo y la crítica. Amo el mundo que Dios me regala. Mi vida como es. Mi tierra, mi familia, mi trabajo, mis sueños, mis juegos, mis deseos, mis aficiones. Amo con un corazón de carne hecho de alma. Y siembro con mis palabras y mis gestos una vida que es para siempre. Por eso le doy valor a lo que hago. Me importa lo que anhelo y deseo. Me parece valioso saber a qué dedico mi tiempo. Mi corazón se parte en muchos lugares, en muchas otras almas. No quiero vivir disperso. Quiero tener el corazón centrado. Cada cosa en su sitio. Me gusta tomar aire al final del curso. Analizar lo que han sido estos meses. Soñar con todo lo que puede llegar a ser. Veo mis vacíos y mis límites. Experimento que no me he dado totalmente en lo que he hecho. No sé si he dejado mi impronta por los caminos. Mi forma original de amar y vivir. Tengo un sello personal. Me gusta una expresión latina que no me deja nunca caer en el desánimo: «Nunc Coepi». Significa: «Ahora empiezo». Bruno Lanteri, fundador de los oblatos de María, escribe: «Incluso si yo cayera mil veces en un día, mil veces me levantaré de nuevo y diré: Nunc coepi, ahora empiezo». Me pongo en camino de nuevo. Después de la derrota amarga me levanto. Después de no haber alcanzado los sueños, vuelvo a soñar. Ahora empiezo de nuevo. Vuelvo a comenzar. No me desanimo. No me quedo quieto. Es la actitud que me gusta ante mi vida. Vuelvo a creer. Vuelvo a tener confianza. A veces el desánimo me hace perder la ilusión. Dejo de luchar. Lamento la oportunidad perdida. La ocasión fallida. El éxito que se me escapa. El logro que no alcanzo. No quiero que sea así. Ahora empiezo. Es la actitud que más me levanta el ánimo. Cojo la vida en mis manos. Un paso más. Hoy mismo escuchaba: «No le pidas a Dios que guíe tus pasos si no estás dispuesto a mover tus pies». Con frecuencia le pido a Dios que me muestre el camino. Pero el que yo quiero. Cuando yo quiera. Como yo quiera. Y me niego a mover los pies cuando no me gusta la dirección que siguen los suyos. Me rebelo. Tengo claro que le entrego la vida, pero luego, en el momento de la verdad, tiemblo. Sé que sigo yo sujetando las riendas de mi vida para que no vaya por otro camino distinto. Hoy me lo repito en el alma: Ahora empiezo de nuevo. Vuelvo a confiar en el amor de Dios aunque haya perdido la confianza. Dios sabe mejor que yo lo que me conviene. Y me quiere mucho más de lo que yo mismo me quiero. Él sabe de mis esclavitudes y ataduras. Conoce mis contradicciones profundas. Él me ha creado y conoce también lo que puedo llegar a ser. Ha sembrado una semilla de eternidad en mi alma. Y me ha enseñado a vivir la vida desde mi verdad. Eso me alegra el alma. Estoy dispuesto a mover mis pies. No quiero quedarme esperando a que pase la vida.

Jesús me habla en parábolas, como hablaba a los hombres con los que compartió el camino: «Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla». Se sube a la barca, en medio de su lago. En la orilla tantos hombres le escuchan. Me impresiona. Habla desde el corazón. Quiere calmar su sed, sus angustias, sus miedos. Sufre por ellos, con ellos. Les habla con voz fuerte y segura. Sus palabras tienen vida eterna. Todos quieren oírle. «Les habló mucho rato en parábolas. Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: -¿Por qué les hablas en parábolas?». Jesús habla en parábolas. Cuenta cuentos para explicar la vida. Pone ejemplos concretos, de su vida diaria. Observa a los hombres en su trabajo. Habla de los campos. De las semillas. Del trigo que crece en silencio. Les habla de la vida misma para explicar lo importante. Es un observador. No vive en una nube, vive en la tierra. Y sufre con los problemas de los hombres. Habla con ejemplos concretos para que entiendan que Dios actúa en la naturaleza del hombre. No prescinde de lo humano. Al contrario. Necesita lo cotidiano para hacerse presente. Leía sobre Jesús: «Sus parábolas no tienen una finalidad propiamente didáctica. Lo que Jesús busca no es transmitir nuevas ideas, sino poner a las gentes en sintonía con experiencias que estos campesinos o pescadores conocen en su propia vida y que les pueden ayudar a abrirse al reino de Dios»[3]. Con ejemplos cotidianos Dios se hace presente en sus vidas. Es más fácil entonces comprender lo incomprensible. Es posible captar algo de lo que nos parece inabarcable. Yo necesito ejemplos en mi vida concreta para ver actuar a Dios. En mi vida concreta, limitada y frágil está escondida su sabiduría divina e inaccesible. Eso me conmueve siempre. Decía el P. Kentenich: «No se trata de dedicarle más tiempo a la oración y, con el pretexto de esa necesidad de tiempo, descuidar el trabajo. No; en realidad podemos cultivar el espíritu de oración en todo momento, aún en los más difíciles. Podemos estar trabajando en la aparente superficialidad de la vida cotidiana, pero estar interiormente en lo profundo»[4]. Puedo estar unido profundamente a Dios en mi vida diaria. No tengo que salir de mí mismo para estar con Dios. Él está en lo más profundo de mi ser. Y está en la aparente superficialidad de mis días. En lo que hago, en lo que digo, en lo que sufro. ¡Cuántas madres con niños pequeños añoran los momentos de soledad de su juventud! Justo ahí, en medio de su rutina embarrada, en medio de los llantos y de las risas, está Dios hablando en lo escondido. Tal vez sólo tengo que mirar mi vida hoy para aceptar que Dios me habla en la parábola de mis días. Porque mi vida es un cuento. Y puede que alguien que me conozca pueda utilizar lo que a mí me pasa para hacer tangible a Dios en otras miradas. Eso hago yo cuando escucho el alma de un hombre. Trato de ver a Dios oculto en los pliegues de su carne. En la hondura de sus lágrimas. En la brisa de su risa. Y puedo entonces percibir las manos de Dios actuando y su amor haciéndose vida. Se me hace más fácil entonces describir cómo actúa al verlo actuar en lo más concreto de la vida humana. En la mía misma. Donde la Palabra que escucho tiene una fuerza nueva. En mis límites que me hablan de ese hondo mar que yo no abarco. Y puedo entender su misericordia en las lágrimas de dolor de quien ha perdido. Y puedo apreciar la fuerza del reino en medio del pecado que me confiesan labios arrepentidos. Veo en mi propia carne enferma la vida eterna que brota sin que yo pueda evitarlo. Y veo al mismo tiempo que son los ejemplos del libro de la vida de los hombres los que más me enseñan. Mucho más que los otros libros. Dice el P. Kentenich: «El libro que leí es el libro del tiempo, el libro de la vida, el libro de sus almas santas. Si ustedes no me hubieran abierto tan francamente su alma, jamás se habría hecho la mayoría de los descubrimientos espirituales que efectivamente se ha hecho. Porque esas cosas no se leen en libros sino sólo en la vida»[5]. En mi vida están las mejores parábolas. De lo que a mí me ocurre debería ser capaz de deducir cómo actúa Dios. De lo subjetivo que me sucede comprendo el actuar objetivo de Dios con cada uno. Eso me da vida. Dios es concreto. No me mira desde lejos mientras me lanza mandatos abstractos para que los obedezca. Se mete en mi corazón, en lo concreto de mi vida y actúa. No lo hace desde lejos. Por eso, cuando leo a Dios en las almas, estoy leyendo en parábolas. En esos cuentos que parecen escritos sólo para mí. Hoy Jesús enseña a otros. Y de esa vida concreta me enseña a mí. Dios habla en parábolas para que yo comprenda. En los ejemplos de la vida. Ahí me habla. Me pone mis propios ejemplos y me ayuda con lo que veo a mi alrededor para saber cómo sigue actuando hoy. El libro de la vida es el más importante. Quiero detenerme a leer las propias parábolas de mi vida. Y las parábolas de las vidas que conozco. En los ejemplos concretos está su sabiduría. Su amor actuando de forma oculta. No quiero dejar pasar de lado por mi vida lo que hoy quiere decirme. Hoy Jesús me dice: « ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!». A mí se me ha dado el don de entender. A mí que tengo fe porque he creído. Es un don que no siempre agradezco. Lo doy por evidente. Doy gracias a Dios por entender algunas de sus parábolas. No todas. Sólo intento interpretarlas correctamente. A veces lo no lo logro. No quiero dejarme llevar sólo por mis intuiciones. Quiero comprender algunos de los misterios más profundos. Y aceptar que otros permanezcan ocultos para siempre. Las dudas junto a las certezas. Así es la vida.

Hoy Jesús cuenta la parábola del sembrador: «Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado en zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno». Un sembrador que es Dios. Un campo que es mi alma. Una semilla que es su Palabra, su amor, su vida. Mi corazón acoge o rechaza. Se endurece o es tierra blanda. ¡Cuántas veces he escuchado esta parábola! Y de nuevo hoy tiene otras resonancias. Su palabra, las cosas que me pasan, sus insinuaciones en mi alma. Durante el día llega a mí su presencia como dice hoy el profeta: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca». Jesús busca empapar mi vida con su Espíritu. Desea que la semilla sembrada en mi corazón crezca y dé su fruto. Para ello sé que tiene que morir antes, para dar fruto. Sé que la compañía de muchas piedras no ayuda. Se seca la semilla cuando el terreno es seco y sin agua. Y trato de interpretar sus palabras. Porque Jesús me habla hoy a mí con mi lenguaje. Tal vez hay muchas piedras en mi interior. Tal vez me falta agua. Es verdad que yo no me dedico a echar semillas en la tierra. Aunque sé lo que supone cuidar plantas. No siempre me resulta. Y se me mueren por exceso de agua o por poca agua. Como en el desierto. Quiero tener más vida en mi interior, más agua, menos piedras. Y quiero cuidar las plantas que Dios me ha dado. Soy responsable de esa vida. Hoy Jesús viene a mí como el agua cada mañana. Yo intento abrir el corazón para que entre. Procuro que la tierra esté ablandada, trabajada. Y no endurecida. Lo intento pero no lo consigo. Y su palabra muere a veces antes de arraigar en mi alma. Y su palabra cae en el terreno más superficial de mi vida. Allí donde estoy perdido en el exceso de móvil, de redes sociales, de mails, de compromisos, de palabras. Allí donde no abunda el silencio. Donde intento dar respuesta al mundo que se mueve a mi alrededor y dentro de mi propia alma. Me veo tan apegado a la vida superficial que no logro ahondar para que la semilla anide en el interior y pueda así crecer con raíces profundas. Lo sé. Él es el sembrador, y al mismo tiempo el hortelano que trabaja mi campo. Y yo descuido mi tierra volcado en el mundo. Vertido en todas las vidas. Intentando solucionar todos los problemas. Jugando a ser Dios sin serlo. Sin cuidar mi centro donde soy yo mismo, en mi verdad. Sin cuidar mi descanso y mi paz del alma. Sin cuidar esa hondonada en la que Dios habita. Allí donde tantas veces dejo de mirar para no turbarme ante mi pequeñez y su grandeza. Al ver la desproporción que existe entre lo que sueño y lo que acaricio torpemente. Lamentando las pérdidas. La renuncia a otras vidas. Porque tengo en el alma una insatisfacción permanente. Porque me hubiera gustado vivir mil vidas y no una sola, la que tengo. Porque quisiera recorrer mil lugares que no piso. Y conocer mil almas que desconozco. Y amar mil veces y no sólo algunas. Y entonces quiero otras vidas y la mía propia. Y Dios que sabe mis deseos pone en mí una semilla de esperanza. El cielo será increíble. Yo quiero que la semilla dé fruto en mí. Ahora, para siempre. Pero no para cambiar la tierra, ni dejar mi vida, ni abandonar mi camino. No es eso. La elección siempre me hace más libre, más responsable por el camino elegido. Mi sí es un sí tejido en mi alma que renuevo cada día. Sí a mi vida como es, a mi alma, a mis sueños. Y toco la renuncia que pesa al pronunciar mi sí con fuerza. Y acojo la semilla confiado en que dará fruto. Me dará entonces vida nueva. Pero no otra vida. Mi misma vida, pero más plena. Esa vida nueva en mi vida sencilla. Porque la semilla no cambia la tierra que yo tengo. No altera su color, ni sus propiedades, ni su aspecto. Pero sí aumenta su hondura. Eso me parece importante al mirar a Dios a los ojos. No quiero otra tierra, quiero mi tierra, mi barro, mi arcilla, mi arena, pero más honda. Quiero esa hondura del jardín de mi alma. Quiero esa sequedad que tengo y esa humedad santa que a veces percibo. Quiero el polvo que piso, con sus piedras, y con algunas de sus zarzas. Pero sé que si dejo crecer la semilla habrá algo nuevo en mi interior, una nueva vida. Y tendré un fruto que yo ahora mismo desconozco. Sólo sé que la semilla no cambia lo esencial de mi vida. Mi tierra sigue siendo la misma, la reconozco, es la mía. La semilla, simplemente da vida a algo que no estaba antes en la tierra. Pero algo que sin mi tierra no tendría vida por sí solo. La semilla necesita mi tierra. Y yo necesito la semilla. Para tener más paz, más vida, más alegría verdadera, más esperanza. Esa mirada sobre la semilla me conmueve. Cada día vuelve el sembrador a sembrar en mi tierra. Cada día vuelve a hacerlo aunque yo no esté atento. Quiero regar mi tierra con el poder del Espíritu. Es mi sueño.

En Dios mi vida se multiplica más allá de lo que yo soy. «El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta». Es lo que me quiere decir Jesús. Si me dejo tocar por Dios mi vida será mucho más. Se darán en mí las señales del reino: la gratuidad y la sobreabundancia. La gratuidad porque todo sucede en Dios sin merecimiento. No hay pago por lo recibido. Es imposible. La salvación es gratuita, no es merecida. En el reino las cosas suceden por amor. No como pago por mi entrega. Tantas veces se me graba en el corazón que cuando hago algo bien recibiré un bien a cambio. Y es cierto que el bien engendra el bien. Lo he comprobado. Una sonrisa despierta sonrisas. Una palabra agradable da vida. Pero en Dios se desborda. El bien puede ser fuente de un bien mayor. Es la semilla enterrada cuya fecundidad no controlo. El otro día recordé una película ya antigua: «Cadena de favores». En ella un profesor les propone a sus alumnos que cambien el mundo. Que se inventen la forma de cambiarlo. Uno de ellos se inventa un sistema: una cadena de favores. Hacer tres favores grandes a tres personas y pedirles que sigan la cadena. Que hagan ellos también tres favores a otros tres. Y así sucesivamente. Hace falta mucha fe para creer en la bondad de las personas. Hace falta fe en Dios para pensar que mis actos pueden dar fruto eterno, pueden ser más, puedan engendrar nueva vida. El bien genera un nuevo bien. Creo en la bondad de las personas. Creo que todos tenemos una capacidad inmensa en el alma de hacer el bien. Y la bloqueamos al sentirnos heridos, al caer, al tropezar, al sentirnos desilusionados y decepcionados. Sé que la medida de Dios va más allá de mi propia medida pequeña y mezquina. Su amor va más allá de lo que yo soy. Más allá de mis dones humanos. Sé entonces que para multiplicarme no me hace falta ser magnífico y tener grandes talentos. La fecundidad no depende de mis dones. De mi inteligencia y preparación. Lo fundamental es que me abra a Dios totalmente y me deje tocar por su amor. Mi tierra tocada por Él. Él puede hacer fecunda mi vida. Mi generosidad se multiplica. Mi entrega llega a ser infinita. Los frutos de mi sí son incontables. Sólo si le dejo, Dios entra en mí y me hace fecundo. Quiero dejarme empapar por su amor. Esa presencia de Dios que todo lo transforma tiene que ver con la profundidad de mi vida, de mi alma. Pero me doy cuenta de mi superficialidad muchas veces. No hago más que pasar de una cosa a otra sin pensar demasiado. Una nueva experiencia, otra más. Acumulo días y vivencias. Pero no me detengo en ellas para encontrarme con Dios. Tal vez me faltan raíces profundas. Conozco personas hondas, en las que uno intuye una vida profunda y verdadera que apenas se deja ver. Yo quiero un jardín en mi alma en el que haya raíces profundas. En el que los troncos de los árboles me hablen de una vida que crece para la eternidad. Dios lo puede hacer posible si yo me dejo tocar por Él, por su Palabra. Cada día escucho tantas palabras. Muchas palabras que no me dicen nada. Algunas se quedan prendidas en el alma y me hablan de algo verdadero. Hay palabras que dan vida y esperanza, que construyen y levantan. Pero hay otras palabras negativas, que desaniman y ofenden, que matan y hunden, palabras que desprecian y hieren. ¿Cuáles son mis palabras? ¿Qué palabras guardo cada día al llegar la noche? ¿Qué palabras pronuncian mis labios? Misterio. Luz. Paz. Verdad. Silencio. Encuentro. Amor. Renuncia. Descanso. Espera. Mirada. Mano. Solidaridad. Esperanza. Hondura. Amistad. Escucha. Radicalidad. Abrazo. Tengo mi lista de palabras. Esas que han marcado mi día, o mi vida. ¿Cuál es la lista de esas palabras que más me han marcado? Esas palabras que al recordarlas o volverlas a escuchar tienen una resonancia verdadera en mi corazón. Quiero tener mis palabras mágicas. Las que me elevan a lo alto. Las que no me dejan indiferente y me hacen soñar. Las que me alegran la vida. Son palabras de Dios. Él mismo las pronuncia en mi alma sin que yo me dé cuenta. Son palabras que me van cambiando por dentro y me hablan de algo que despierta vida en mi interior. De un ideal que anhelo. De una vida que aún no poseo. Es bonito que las palabras me empapen hasta el fondo del alma. Dios lo hace así. Entra en esas palabras que suenan a verdad en mi corazón. Quiero detenerme a meditar su Palabra. Y a escuchar a Dios. ¿Qué palabra me dice Dios cada día? Su Palabra. Es la semilla de la que habla Jesús. La Escritura en la que se me revela su verdad para mi vida. Jesús me habla cada día. Es bonito detenerse a meditar la Palabra. Escuchar lo que me quiere decir Dios con su vida, con sus obras, con sus palabras. La Palabra de Dios es viva y eficaz. Una espada de doble filo. Toca los rincones más escondidos del alma. No se detiene en la superficie. Penetra hasta lo más profundo. Se hunde en mi carne. Quiero hacer silencio para escuchar lo que Dios me dice.

Los frutos que yo doy no son los mismos que los que dan los otros. Son diferentes. No puedo compararme con otros pero tantas veces lo hago. Quiero lo que no doy. Busco lo que no hago. Cada uno tiene sus frutos. Yo los míos. Según mi tierra. Según mis raíces. Según el color de mi alma. Recuerdo un libro de Olga Bejano, «Alma de color salmón». Ella sentía que tenía el color de ese pez que lucha contra la corriente, se impone contra la fuerza del río y se hace fuerte en la lucha. Decía: «El sufrimiento y la oración han ido cambiando mi vida y transformando mi escala de valores y actitudes. Desearía gritar [a todos] que valoren su vida, que la sepan vivir sanamente. Que aprendan a ser felices y así podrán hacer felices a los demás. No se puede dar lo que no se tiene». Ella dio con su ejemplo frutos de lucha y entrega. Su testimonio da vida a muchos. Tuvo que sufrir la enfermedad y perseverar en la impotencia. Y Dios ha multiplicado el fruto de su semilla. Así hace conmigo cuando me dejo utilizar. Soy su instrumento en medio del mundo y daré frutos del color de mi alma. ¿De qué color es mi alma? Quiero aceptar mi originalidad. Porque es lo más valioso que Dios me ha confiado. Lo que yo no dé, no lo dará nadie por mí. Olga Bejano así lo hizo: «Respeto y entiendo a los que se dan por vencidos y no creen en nada; pero yo, cuando llegue al ‘otro lado’, quiero tener la sensación de llevar mis deberes cumplidos. Todos queremos gozar y ninguno sufrir; pero el sufrimiento y la muerte vienen incluidos en la vida. Soy partidaria de luchar, no de huir, por eso lucharé hasta el final». Ella luchó hasta el final de su vida. Nunca se dio por vencida. Nunca huyó. Esa actitud suya ha servido a muchos de inspiración para sus propias vidas, para su enfermedad. Olga sembró semillas color salmón. Y dio un fruto de lucha, de esperanza, de resiliencia. Me gusta esa mirada sobre la vida. Yo también aprendo de ella. ¿Cuál es el color de mi semilla? Lo que yo siembro tiene mi impronta. En mis frutos se ve mi manera de enfrentar la vida, de hacer las cosas. Soy original, no soy ninguna copia. El P. Kentenich me invita a cuidar mi originalidad: «Nos esforcemos por comprender y reconocer mejor nuestra originalidad; al mismo tiempo, en desarrollar nuestra originalidad, pero estando suficientemente abiertos ante otras maneras de ser»[6]. Aceptar que tengo un don original. Un carisma que Dios me confía. Una forma de ser que marca el mundo que me rodea. Eso siempre me da esperanza. Dios puede hacer algo grande con mi vida. Algo diferente a lo que los demás dan. Mi fruto es otro. No tengo envidia. Mi fruto tiene que ver con el color de mis sueños, de mi vida. Me regocijo en mi verdad. En mi camino propio y único. No tiene que ver con lo que los demás esperan. No puedo dar lo que yo no tengo. No puedo aportar lo que no hay en mí como semilla. Eso me alegra porque evita las comparaciones. Compararme no me hace feliz. Me acompleja. A veces me llena de amargura. Pierdo la alegría y vivo lamentando no ser como otros. Quiero besar mi forma original de dar fruto y alegrarme con la vida original que aportan otros. El color de mi semilla lo ha elegido Dios. Es el culpable de mi vida. El responsable de mi camino. Eso me conmueve y me llena de esperanza.
 

[1] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52
[2] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963
[3] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica
[4] J. Kentenich, Envía tu Espíritu
[5] Locher, Peter; Niehaus, Jonathan. Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador
[6] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963
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