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Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio del día



    

Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio del día
 
15º domingo del Tiempo Ordinario
 
Para empezar: Retírate… Recógete… Silénciate… Y ahora: Oh Tú que vives en Ti en lo más hondo de mí, que resuene Tu voz en lo más hondo de mí… Oh Tú…, sí, que resuene Tu voz en lo más hondo de mí…
 
Leer despacio el texto del Evangelio: Mateo 13,1-23
 
Jesús salió de casa y se sentó junto al mar. Y acudió tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: “Salió en sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto, una ciento; otra sesenta; otra treinta. El que tenga oídos que oiga”.
 
Contemplar…, y Vivir…
 
Composición de lugar: Jesús salió de casa y se sentó junto al mar. Y acudió tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas. Fuera de casa…, sentado junto al mar…, mucha gente que escucha… Jesús se dirige a ellos con la célebre parábola del sembrador… Diría que es una escena muy veraniega. Tú ahora puedes hacer más o menos lo mismo, y situado entre la gente escuchar la Palabra de Jesús… Una manera muy provechosa de contemplar es leer la Palabra, y escucharla con el corazón, pues Jesús te la está dirigiendo a ti y a tantos otros que como tú están leyendo, escuchando y contemplando esta misma palabra, y en este mismo momento… Déjala resonar como un eco repetido dentro de ti, mientras vas cayendo en la cuenta de las resonancias que tiene en tu interior y lo que te sugieren… Sin prisas y con calma, sin deseos de pasar adelante ni quemar etapas… Y contempla los rostros de esa gente…
>Salió el sembrador a sembrar…En ti mismo, ahora, Jesús está esparciendo la buena semilla de la Palabra de Dios. Él es el sembrador, sin duda. La semilla es excelente, de máxima calidad: todo lo que explica sobre el Reino de Dios. El terreno eres tú mismo. ¿Y cómo es? La bondad del terreno se aprecia por la acogida reservada a la Palabra y los frutos que produce. Seguramente ya tienes experiencia, y si no, es el momento de empezar a aprender, está en juego la autenticidad de tu vida cristiana:
-Hay quien escucha con superficialidad la palabra y, claro, no la acoge, no la deja penetrar, no puede echar raíces, se pierde… Se la roba con facilidad la rutina y la mundanidad. ¿Estás haciendo eso tú ahora y en otras ocasiones también? ¿De qué sirve escuchar la Palabra, contemplarla?…
-Hay quien la acoge en un primer momento pero no tiene constancia y no persevera. ¿Te pasa a ti? La acogida de la Palabra requiere constancia para que enraíce y dé fruto: esto no acontece de la noche a la mañana. Dedicarle cada día un tiempo ha de ser la tu tarea prioritaria del día que empiezas. Orar y contemplar un día, de poco vale… Pero un día y otro día y otro día y más días… ¡Ah, esto sí! ¡Prueba y me dirás!
-Hay quien queda abrumado por las preocupaciones y seducciones del mundo. Si te dejas atrapar por ellas serás su esclavo. Y ahogarán la Palabra que quiere desarrollarse en ti y desde ti. No lo olvides: primero Dios, el Dios de las cosas y luego las cosas, incluso las cosas de Dios. Esta experiencia te hará siempre más libre y disponible para amar y servir siempre a Dios y al prójimo. Descárgate, arroja de tus hombros y de tu corazón tanta mundanidad inútil y agobiante. Eso es peor que la cruz. ¡O si quieres, la cruz que te cargas tú, no Dios…!
-Hay quien escucha de manera receptiva como la tierra buena deja entrar la lluvia mansa: entonces la Palabra da fruto en abundancia y de exquisita calidad. ¿Sueles hacer así tú en la contemplación de la Palabra? ¿Lo intentas al menos? Busca hacerlo ahora así y verás… Busca hacerlo así cotidianamente y tu corazón cambiará…, ¡y tu mente y tu vida! Entonces el Reino de Dios ha llegado a ti: Jesús, su Persona, su Evangelio, sus gestos, actitudes y sentimientos son los tuyos. Estás en condiciones de ser discípulo misionero del Señor Jesús.
>Otra cayó en tierra buena y dio fruto, una ciento; otra sesenta; otra treinta. Parece claro que Jesús tiene interés en hacernos caer en la cuenta de la fuerza y el poder extraordinarios de la semilla, su Palabra, puesto que es capaz de producir fruto en cantidades varias e incluso la máxima: una ciento. Aquí aparece el misterio del hombre ante la Palabra de Dios: en unos produce mucho fruto, en otros menos e incluso poco. ¿Por qué? La Palabra no violenta la voluntad libre creyente: es don, es invitación; pero la respuesta a ella es personal. Lo cierto es que Dios da generosamente por amor y el hombre responde con mayor o menor generosidad y siempre con total libertad. Digamos incluso, que quizá la tierra buena de la parábola, -que eres tú y yo-, no se refiere tanto a lo que podemos hacer nosotros con nuestro esfuerzo, con nuestros proyectos y programas. ¿Y entonces? Seguramente la tierra buena se refiere más a nuestro creer y a dejarnos hacer y convencer que lo más importante es la acción amorosa de Dios en  nosotros. Él actúa a pesar de nuestras deficiencias, límites y pecados. Eso siempre.  Pero claro, eso no nos exime de nuestro trabajo, sino que nos recuerda que no lo podemos poner nunca antes y por encima de la acción de Dios. Esto hace posible que el Reino de Dios crezca no como a nosotros nos gustaría, sino como Dios quiere. Esto es lo importante. ¿Lo crees así? ¡Por aquí hay que empezar! ¡Anímate! Pídelo al Señor…
>El que tenga oídos que oiga. Así termina Jesús la parábola. Con eso, Jesús está motivando a sus oyentes y a quienes ahora estamos contemplando su Palabra, a saber escuchar de una manera nada superficial, sino en profundidad. Es decir, escuchar con los oídos del corazón: la verdad es que estas cosas del Reino de Dios que Jesús es y ha venido a instaurar entre nosotros, solo se ven bien y se oyen a la perfección con los ojos y oídos interiores: los de un corazón apasionado por el amor, causa y objetivo último del Reino de Verdad, Justicia, Amor y Paz. ¿Con qué oídos oyes tú la Palabra? ¿Con qué hondura y profundidad?
 
Para terminar: Recoge aquellos sentimientos y movimientos que más han sobresalido en tu contemplación, por ahí anda el Señor… Preséntaselos, ofrécelos… Dale gracias… Y con humildad reza despacio: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo por siglos de los siglos. Amén. ¿Una vez, dos, tres veces?... ¡Las que quieras!
 
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